Pura imaginación. Las cimas, de Ariel Farace

Las fotografías utilizadas en esta nota son de Juan Pablo Lemos.

Aviso: Quise hacer una nota de dos párrafos y terminé escribiendo el Antiguo Testamento. La realidad es que fui a ver una obra, me reí un montón y después me puse a escribir tratando de entender qué acababa de ver. Este es el resultado.

Desde la primera escena de Las cimas tuve la sensación de que no importaba lo que se iba a contar. Aunque haya un viaje, aunque los personajes tengan un objetivo claro, aunque haya eventos de súper acción como un casi-choque o un temblor y no falta ni la sorpresa final (las cosas no son lo que pensábamos) todo el tiempo me pareció que nada de eso importaba: lo central era ver cómo los actores jugaban a que pasaba todo eso. Se puede decir que esto es lo central en cualquier espectáculo, porque todos sabemos cómo termina Macbeth, y sin embargo vamos a ver cómo lo cuenta Pompeyo Audivert. Pero la diferencia es que en general, aunque lo principal sea cómo se cuenta, también es importante qué se cuenta. En este caso, al menos para mí, era evidente que los hechos no importaban en lo más mínimo, y creo que fue por el despliegue alrededor de las acciones, como si la forma exagerada en que se hacían o decían las cosas fuera mucho más importante que lo que se hacía o se decía (a fin de cuentas, la exageración de la forma suele volver ridículo el contenido). Pero esto no es del todo cierto.

Hay obras teatrales que realmente no cuentan una historia inteligible: puede haber un desarrollo, pueden desplegarse acciones, pero si me preguntan de qué trata la obra voy a empezar a decir cosas abstractas. Es el caso de Fantasmatic invocación Stanislavski (que pueden ver en el mismo teatro que Las cimas, El Portón de Sánchez): ahí no se cuenta realmente nada. Pero ya aclaré que, por el contrario, Las cimas cuenta una historia en su forma más tradicional. Entonces, no se trata de un puro rodeo alrededor de la acción. Así se presenta una tensión entre que «me están contando algo» y que al mismo tiempo «no importa demasiado lo que me están contando».

La tensión también está en el sentido que tiene la actuación. Las formas que toma son casi idénticas a la exageración en el juego de niños: ahora juego a que duermo, ahora juego a que tiembla el suelo, ahora me pongo harina en la cara y juego a que soy extraterrestre. Incluso el jugar a tener relaciones sexuales se vuelve tremendamente infantil. Quizás por eso los personajes afirman que “el amor físico es pura imaginación”: tanto en el juego como en el teatro, el sexo no puede llevarse a cabo. Si estamos jugando a la enfermera, en el momento en que empezamos a tener sexo, ya no es un juego, es una realidad. Y en teatro he visto incluso a gente hacer pis sobre el escenario, pero si las personas empiezan a tener sexo, ya no es teatro, es una orgía (en una orgía uno puede participar mirando).

Es decir que las formas, la sucesión acelerada de situaciones, las prohibiciones y hasta el paso del orden al caos… todo remite al juego de niños. Pero esto tampoco es del todo cierto, porque los niños juegan para sí; incluso si lo hacen ante la mirada del adulto, esa mirada es compañía, no destinatario. Por el contrario, todo en Las cimas está muy claramente dirigido al espectador: la composición visual de la escena apunta a efectos estéticos tanto en el contraste de colores como en la disposición de los actores y hasta en la harina que flota en el aire cuando las cabezas se mueven demasiado rápido.

Ante un espectáculo en el que aparentemente no importa la historia pero hay que prestar atención a la historia (e incluso atar cabos entre el comienzo y el final), y donde hay gente que parece que está jugando solo por el placer de hacerlo, pero claramente lo hace para mostrarlo, queda en duda el lugar del espectador. Esta no es una obra pensada únicamente para hacerlo reír, es también una reflexión sobre el arte, sobre el quehacer teatral y sobre un montón de cosas sumamente serias que quedan un poco ridículas cuando hay un pene de dimensiones absurdas colgando de uno de los personajes. El espectador puede dudar hasta qué punto tiene que tomarse en serio lo que ve y oye, considerando que todo parece tan improvisado y al mismo tiempo es evidente que es calculado. Me encantaría ofrecer una respuesta, pero no la tengo, así que tendrán que ir a buscarla ustedes.

PD: No podría haber escrito esta nota sin haber leído La canoa de papel, de Eugenio Barba. Lo recomiendo para cualquiera interesado en la actuación (no necesariamente en actuar). Es un libro sorprendente.

Las cimas

  • Autor y director: Ariel Farace
  • Actores: Eliana Borbalás, Manuel García Migani, Xeli Martín, Ariel rozen.
  • Vestuario: Grupo Caballos
  • Iluminación: Matías Sendón
  • Pelucas: Mónica Gutierrres
  • Espacio escénico: Ariel Vaccaro
  • Música: Florencia Sgandurra
  • Dónde: El portón de Sánchez. Sánchez de Bustamante 1034. CABA
  • Cuándo: lunes 20 hs, miércoles 21 hs, jueves 20 hs, domingo 20.30 hs, hasta el 28/09/23.

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