En 1972 el director Andrei Tarkovsky estrenó la primera versión cinematográfica de la novela Solaris de Stanislaw Lem. En la película, Solaris es un océano lejano a la Tierra que los científicos estudian desde hace décadas por considerarlo un gigantesco cerebro con el que intentan lograr un contacto. Esa sustancia es misteriosa no sólo para los científicos sino también para el espectador, y los invito a pensar que Solaris es una metáfora del cine como productor de realidades que apelan a nuestros más secretos deseos. Pero vayamos por partes.
Pantallas en el cine de ciencia ficción

El cine de ciencia ficción ha incluido desde siempre la imagen de la pantalla dentro de su propia pantalla. En general son herramientas de control y adoctrinamiento de un poder opresivo. El ejemplo paradigmático, Farenheit 451 (François Truffaut, 1966) denuncia la función ideológica de la televisión. Sin embargo, cuando se filmó Metrópolis (Fritz Lang, 1927) no existía la televisión ni los monitores de computadoras, y esta fue la primera aparición de las pantallas dentro del cine. Por eso cuando el jefe se comunica con su capataz por una pantalla, el único referente que la misma tenía era la propia pantalla de cine. Ahora bien, pensemos en la escenografía del film: rascacielos, autopistas y una ciudad subterránea son los elementos futuristas en los que se incluye también esa pantalla. Es decir que el cine se considera a sí mismo un producto digno de la ciencia ficción, un dispositivo llegado del futuro.
En Metrópolis el cine sólo muestra su forma más básica: la imagen de algo que está ausente. Pero su función específica, ajena a la pantalla de televisión, se manifiesta en toda su dignidad en Soylent Green (Richard Fleischner, 1973). En este mundo apocalíptico en que no alcanza la comida ni el techo ni el agua, las pantallas tienen la función de propaganda. La diferencia se marca cuando uno de los personajes decide aceptar la posibilidad que ofrece el gobierno: si los ciudadanos se someten voluntariamente a morir por una inyección (a fin de cuenta, lo único que sobra es gente), los últimos momentos de vida son disfrutados ante una gigantesca proyección que muestra una realidad desconocida para esa sociedad futurista: la belleza de una naturaleza incorrupta.

Esta es la primera pantalla de grandes dimensiones que aparece en la película. Nuevamente tenemos la representación de algo ausente, pero en este caso se trata de una realidad desconocida para quien mira, se rescata el cine como fuente de conocimiento y de placer, un ritual íntimo y significativo, en extremo diferente a la televisión.
Solaris: productor de realidades
Como dije al principio, Solaris es un océano, en algún punto del universo explorado, que la ciencia considera un gigantesco cerebro. Sin embargo, la humanidad no ha logrado el contacto, la comunicación con esta entidad. En un momento en que la solarística llega a un estancamiento, el psicólogo Kris Kelvin es enviado a la base que orbita a Solaris y donde se encuentran los últimos tres científicos que lo estudian, para decidir si debe continuarse la investigación o si la humanidad debe darse por vencida y cerrar definitivamente la base. Cuando Kelvin llega a destino descubre que uno de los científicos, Gibarian (un antiguo amigo suyo), se ha suicidado, y que los dos que quedan, Snaut y Sartorius reciben “visitantes”: formas aparentemente vivas y humanas que aparecieron en la base luego de que los científicos sometieran a Solaris a descargas radiactivas. A pesar del misterio que significan estos visitantes, no queda ninguna duda de que se trata de una creación de Solaris.

La única visitante que la película muestra con detenimiento es Hari, la aparición de la esposa muerta de Kelvin, que llega luego de su primera noche en la base. Una característica significativa de estos seres es explicada por una frase de Snaut que le dice a Kelvin: “ella es la materialización de la idea que tienes de ella”. Esto se observa en que Hari lleva la misma apariencia que en la única foto que Kelvin conserva de ella. De hecho, Hari está hasta cierto punto incompleta: en un principio no es capaz de estar sola ni de recordar el pasado de la verdadera Hari, y su ropa tiene el defecto de no tener forma de quitársela, por lo que debe romperla. Esto no implica que en Hari falten detalles: su vestido está desgarrado en el hombro, dejando ver la marca de la aguja con la que se inyectó el veneno que terminó por matarla.
Esta es la primera característica común que podemos encontrar entre los visitantes y las imágenes cinematográficas: tanto desde lo visual como desde lo argumental, personajes, lugares y situaciones cinematográficas son mostrados sólo en aquello que son significativos: para Kelvin, el cierre del vestido no era importante, pero sí la forma en que ella se había suicidado.
Podrían decirme que ese uso excluyente de detalles significativos puede aplicarse a cualquier rama del arte: Solaris podría ser por ejemplo una metáfora de la escultura o de la literatura. Sin embargo, esta película le da al cine una función especial, al incluir tres filmaciones significativas.
- La primera es la filmación oficial del testimonio de Berton, un piloto hoy anciano, que ha sido el primero que ha podido observar los prodigios de los que Solaris es capaz.
- La segunda filmación es la despedida de Gibarian antes de suicidarse, en la que advierte a Kelvin sobre Solaris.
- La tercera es una filmación casera que Kelvin lleva consigo donde pueden verse a Hari y a otra mujer.

En todos los casos el cine tiene la capacidad de traer el pasado (la juventud, lo perdido, incluso los muertos) al presente. A diferencia del uso que le han dado géneros como la comedia romántica o el terror, el cine no aparece cumpliendo una función social, sino que implica (como en Soylent Green) un acto íntimo y significativo. Esas son justamente las características de los visitantes: Hari ha sido creada especialmente para Kelvin y es algo que él había perdido.
Si concluimos, entonces, que Solaris tiene las mismas características que este film le adjudica al cine, debemos agregar una tercera característica. Algo llamativo en Hari es que aparece mientras Kelvin duerme. Freud ha demostrado que los sueños contienen, deformados, nuestros deseos frustrados. Aunque no sabemos quiénes son o qué representan los visitantes de Snaut y de Sartorius, los personajes señalan que tienen algo que ver con la conciencia, lo que nos hace suponer algún tipo de arrepentimiento. Esa también es una de las características de las tres filmaciones: la frustración de Berton que es desautorizado por los científicos, la de Kelvin que ha perdido a su amor, la de Gibarian que al lograr el ansiado contacto con Solaris no puede tolerarlo. La tercera característica de las creaciones de Solaris (y del cine) es que obtiene la fuerza de su impacto de ser la materialización de deseos frustrados. La última escena de la película lo resalta: se muestra el imposible reencuentro de Kelvin con su padre pero, a medida que el encuadre se amplía, comprendemos que se trata de una creación de Solaris, una isla en el océano.
Por qué hablar de Solaris hoy
Es habitual al hablar de los mundos construidos por la ciencia ficción caracterizarlos como distopías (un mundo catastrófico o como mínimo desfavorable) y eutopías (un mundo perfecto). Es evidente que el arte de ficción prefiere las distopías que ofrecen por sí mismas un conflicto. Sin embargo, este no es el caso de Tarkovsky ni de Lem, que nunca eligen un extremo ni el otro. Los extremos siempre implican plantear “qué pasaría si el mundo se terminara”, o “qué pasaría si no hubieran más alimentos” o “qué pasaría si los déspotas tomaran el poder”. Tarkovsky y Lem nunca preguntan qué pasaría, preguntan qué pasa, y en este caso qué pasa cuando debemos enfrentarnos a los deseos que jamás pudimos realizar, qué pasa cuando aquello de lo que nos avergonzamos se hace carne, invade nuestra vida. Por eso, aunque hay obras de ciencia ficción que pierden interés en cuanto comprendemos que el poder no está en los dictadores sino en los mercados, que la tecnología no nos impulsará a quemar libros sino que los hará indestructibles, que no debemos temer a los robots del futuro sino a los humanos del presente, una obra como Solaris permanece intacta, porque no habla de las circunstancias, habla de lo humano. Por eso los invito a ver o volver a ver Solaris y a preguntarse qué visitante les regalaría ese océano si pudieran visitarlo o, lo que es lo mismo, cuál es el cine que los atrapa con sus propios sueños.

Solaris (1972)
- Dirección: Andrei Tarkovsky
- Guion: Stanislaw Lem, Fridrikh Gorenshteyn, Andrei Tarkovsky
- Con: Natalya Bondarchuk, Donatas Banionis, entre otros.
- Fotografía: Vadim Yusov
- Disponible en YouTube. Pueden ver Solaris aquí y si el link ya no sirve, sigan buscando, hay muchas versiones con subtítulos en español en YouTube.


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