¿Qué nos da Taylor Swift?

Para contarles por qué me encanta la música de Taylor Swift primero tengo que llevarlos en un viaje en el tiempo hacia principios de siglo, cuando la trilogía de El Señor de los Anillos se estrenaba en el cine. Recuerdo salir de la sala con una tremenda sensación de tristeza porque todas esas maravillas que acababa de ver en la pantalla no existen en el mundo real. Afortunadamente, la vida se encargó de mostrarme que el mundo está lleno de prodigios, que hay bosques, amigos, obras de arte y ventanas de avión que convierten a la realidad en un lugar inverosímil y que nos hacen sentir las personas más afortunadas del mundo. De hecho, esta revista es un intento de compartir con ustedes algunos de esos hallazgos que parecen cosa de Mandinga. Si hay un mundo de maravillas, sé que vivo en él. Pero recuerdo esa sensación de que había algo mejor e inalcanzable, una sensación falsa pero que en su momento viví como real.

No sé por qué los adolescentes o jóvenes de veintipocos aman a Taylor Swift, no sé si quieren ser ella, si quieren acostarse con ella, si se sienten identificados por lo que dice o si, como dice Sam Kriss, los atrae porque es un ser bíblico sobrenatural. Pero puedo contarles por qué (creo) que me encanta su música: porque es un mundo donde existen cosas imposibles. En sus canciones se habla de un amor desesperado, absoluto, perfecto. Incluso cuando es desamor y traición, desgarra y arrasa con una fuerza milagrosa que más se parece a las realidades categóricas de la adolescencia que a la experiencia de una cuarentona divorciada como yo, que ejercí y recibí tanto daño en mis relaciones que la canción que más me representa es la de unos cincuentones que dicen “mirá lo que me ha hecho el amor”. No es que ahora viva en un convento y aparte a posibles pretendientes a escobazos, pero la promesa del amor ya no es la de completud o felicidad sino, con un poco de suerte, la de una compañía agradable. Las mayores promesas, los mayores deseos, ya no están en el amor, están en otras partes.

Entonces, si soy tan descreída, si estoy tan de vuelta de todo y si, como dice esa canción de cincuentones, “lo único que quiero es un corazón de robot”, por qué demonios el 12 de noviembre estaba cantando a los gritos y entre lágrimas “ahora me llamás otra vez para romperme como una promesa” mientras veía a Taylor de espaldas a mí, a solo unos metros de distancia, guiándome en las palabras que no reconozco como mías, en emociones que ni siquiera sabría nombrar. ¿Fue acaso la influencia de la muchedumbre enardecida? No. Aunque era cierto, como dijo Taylor, que se escuchaba más a la hinchada que a los parlantes, había mucha gente ahí que no estaba ni cerca de la emoción. Quizás todo se debe a que, en ese mundo imposible que son sus canciones, no sólo sobrevive un amor adolescente y absurdo, sino también una versión de mí misma que todavía cree en la existencia del príncipe azul, que todavía es capaz de vivir y sufrir por amor, aunque a mí todo eso me parezca bastante vergonzoso.

Pero el amor no lo es todo. Taylor es una persona que ha sido públicamente humillada y que ha logrado esa utopía de destruir a sus enemigos sin hostilidad, simplemente triunfando. Taylor canta sobre venganza, y ejerce esa venganza al cantar. En su gran disco de resurgimiento, Reputation, sostiene: “me volví más inteligente, más dura, (…) me levanté de entre los muertos, y lo hago todo el tiempo”. Y yo, que cada tanto también resurjo de las cenizas, cada vez que lo hago no me vuelvo más inteligente ni más dura, sino un poco más vieja, con los triglicéridos un poco más altos, y con una dosis un poco mayor de clonazepam. Lejos de la heroína futurista de Ready for it más bien me veo obligada a darle la razón al Guasón cuando dijo “lo que no te mata te hace más extraño.”

En su último disco, una canción repite, con un ritmo casi ritual, como un mantra, “no me visto para las mujeres, no me visto para los hombres, me visto para la venganza.” No sé qué les pasa a ustedes, pero para muchos de los daños que yo he sufrido no existe venganza ni reparación posibles. Y, como dije, ya no estamos hablando de amor, sino de violencia física y psicológica, de personas e instituciones, de terrores heredados y presentes, de grandes traiciones y grandes decepciones. Yo no puedo cantarles a mis enemigos desde la cumbre, sino llorar mis penas desde el pozo en el que me enterraron.

Así que el mundo mágico de las canciones de Taylor es un lugar donde no sólo el amor es posible, sino también la venganza y la cura, donde una puede volver a nacer y ser otra, sin traicionarse sino volviéndose más auténtica. Y no vengo acá a lamerme las heridas, sé que soy de los pocos afortunados que están rodeados de amor, que trabajan de lo que quieren y que tienen comida en el plato todos los días. Pero incluso yo, que vivo en un mundo de maravillas, sé que hay derrotas que ningún triunfo puede borrar. Salvo en el mundo de Taylor. Y (creo) por eso me encantan sus canciones. Porque escucharla es como ver El Señor de los Anillos, donde los malos son muy malos y las buenas siempre salen ganando. Por eso, rodeada de adolescentes, lloré como si fuera una de ellos, por el amor perdido, por las luchas ganadas, por todo eso que, en la realidad, solo existe en versiones más dudosas y menos brillantes.

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