Para vos todo, papi

Una primera mirada sobre «La felicidad» remite a un estado ideal, impresionista en su estética, donde las flores son el símbolo de la naturaleza y del amor. El verano puede sentirse en la campiña y en el calor del hogar; todo parece perfecto. La felicidad propiamente dicha no es un sueño sino una realidad cotidiana. Aunque quizás se parezca más a una construcción absurda desde la mirada del hombre. 

François y Thérèse son una pareja joven y plena. Él es carpintero, ella costurera a cargo de sus dos pequeños hijos. Ambos tienen una vida tranquila y feliz en los suburbios, van a pasear, disfrutan la campiña. Parecen atemporales y libres de toda ansiedad de la vida moderna. Pero François conoce a Emilie y se enamora, y la perspectiva cambia el rumbo. El amor puede multiplicarse y repartirse? Thérèse es la familia, Emilie es la carne y François, en su honesta ingenuidad, no entiende la arbitrariedad de su sentimiento. Las mujeres son funcionales a su bienestar y la felicidad de ellas está centrada en la de él. Cualquier planteo se evapora como una niebla reprimida. El aire dulce de la armonía va conquistando así un tono enrarecido, hasta un poco siniestro.

Hay una dialéctica apoyada en lo sacro y lo voluptuoso que encuentra su materialidad en ambas: ellas conforman el ideal de la mujer, la esposa, la amante, la madre. Por otro lado, si la figura femenina representa el hogar -en todos los sentidos imaginados del término- la puesta en escena lo reafirma jugando con la teatralidad de los elementos. Lo bucólico, la naturaleza, las flores, se completan con los sentimientos más primitivos, que encuentran su correlato en mensajes cargados de simbolismo con recursos como inserts o juegos de montaje. Además, hay un uso significativo del color apoyado en una paleta cromática intensa de colores plenos, donde los ocres y azules encuentran su máxima expresión; así la belleza de las imágenes va chocando con la incomodidad.

La tercera película de la inmensa Agnès Varda y la primera realizada en color, recorre el mito de la felicidad como una construcción idílica pero funcional a la estructura patriarcal. La autora, ya desde los planos de presentación, deja entrever cierta extrañeza donde la familia -borrosa caminando en un campo de girasoles- parece ser la institución que se degrada a pesar de todo. 

“Soy libre y tú no eres el primero, entonces ámame”, dice Emilie. Hay alegría al principio, pero claro que después hay dolor, porque la libertad tiene fecha de vencimiento. Hoy, a casi sesenta años de su estreno y luego de tantas luchas para destruir la sumisión total al patriarcado, ¿es posible pensar que el hombre no es consciente del daño que puede hacernos?

Hay varias películas disponibles de Agnès Varda para ver en MUBI y por internet: no dejen de aprovechar la obra de esta gran directora, fotógrafa, alma creativa y genial. Ella supo retratar personas, personajes, paisajes, sociedades, de una forma poética y cruda. Puso en palabras y en imágenes las ideas feministas pero también las humanistas, las que hablan del amor y la libertad. Una artista como no hubo otra igual.

La felicidad (Le bonheur, 1965)

  • Guión y dirección: Agnès Varda
  • Fotografía: Jean Rabier
  • Música: Jean-Michel Defaye
  • Con: Jean-Claude Drouot, Claire Drouot, Marie-France Boyer, entre otros.
  • Disponible en MUBI.

Deja un comentario