Drácula/Nosferatu

En este artículo analizaremos las tres versiones canónicas de Drácula (aunque el personaje tenga otro nombre) en el cine: Nosferatu, una sinfonía del horror (1922, Murnau), Nosferatu, el vampiro (1979, Herzog) y Drácula, de Bram Stoker (1993, Coppola). Si quieren un recorrido más detallado sobre todas las apariciones de Drácula en la historia del cine, les recomiendo estos dos programas de El descampao. Como siempre en esta sección, no intento hacer un análisis exhaustivo de estas películas (cada una merecería un libro) sino los aspectos principales que surgen de mi lectura retroactiva, para motivar muchos otros en tu lectura.

Un joven abogado está casado o comprometido (según la versión) con una dulce jovencita. El jefe del abogado lo manda a un país lejano a venderle a un conde una propiedad ubicada en la ciudad donde el abogado vive. El abogado emprende el viaje, reticente de separarse de su amada. El conde lo recibe en un castillo misterioso, ve un retrato de la dulce jovencita y se enamora. Compra la propiedad y se va del castillo, dejando al joven atrapado en tierras extrañas. Mientras el abogado vuelve a su país, con muchas dificultades, el conde llega con total facilidad, sembrando desgracias a su paso. El conde logra acercarse a la dulce jovencita, quien se sacrifica por el bien de otros.

Nosferatu: el origen de Drácula en el cine

Si bien la película de Murnau no es la primera adaptación de la novela de Stoker al cine, si es la más antigua que se conserva y la que ha hecho escuela.

Advertencia: no se puede ver una película de hace 100 años con las mismas expectativas de una película de hoy. El ritmo es otro, los efectos especiales se limitan a la doble exposición y las actuaciones son más exageradas. Es otro lenguaje, pero cuando se usa bien, como en este caso, se logra transmitir una historia bastante compleja en una película muda que casi no tiene intertítulos.

En Nosferatu encontramos todos los referentes visuales que marcarán las películas posteriores: el castillo desolado, la sombra del vampiro, las ratas, los ataúdes por las calles. Sin embargo, su interés no es solo histórico. Ahora que ya sabemos cómo termina, podemos dejarnos llevar por este juego de luces y de sombras que encuentra el suspenso en la anticipación al mismo tiempo deseante y temerosa tanto por la llegada del vampiro como por la posibilidad de destruirlo. Aunque la figura misma de Drácula hoy no pueda darnos miedo, sí todo lo que trae con él, su amenaza y su proceder encubierto.

El avance progresivo e imparable del “mal” sigue siendo hoy un atractivo vigente en la película, tanto desde lo argumental como desde lo visual. Además, ahora que nosotros también atravesamos una “plaga”, el intento de protegerse del peligro encerrándose en las casas trae reminiscencias muy específicas para nosotros. Me interesa particularmente cómo, una vez hecho el sacrificio, el mal se destruye mágicamente. ¿No vamos a detenernos a reflexionar sobre todo lo que pasó, sobre todas las veces que nos equivocamos cuando estábamos acosados por el peligro? No. En este sentido, más que una película de terror, parece un documental sobre la historia de la humanidad.

Drácula: sexo y violencia

Aunque la película de Coppola es la más cercana en el tiempo, la experiencia del espectador actual es bastante diferente a la hace 30 años. Para empezar, el personaje de Jonathan (el joven abogado), interpretado por Keanu Reeves, era un inepto que no sabía ni cómo disfrutar de estar con tres vampiresas. Hoy, lo que vemos es a un joven John Wick y somos mucho más sensibles a sus proezas a lo largo de la película, además de que somos perfectamente conscientes de que es víctima de todo tipo de violencia, incluso sexual, cuando está bajo el control de dichas vampiresas.

Lo mismo pasa con el acercamiento de Drácula a Mina, prometida de Jonathan, y a su amiga Lucy. Las escenas de índole sexual que tienen a Lucy como protagonista podían parecer en el siglo pasado alguna extraña fantasía zoofílica, pero hoy es claro que se trata de un acto de violencia a una persona que no está en sus cabales, bajo el influjo de un poder mucho mayor al suyo, y que por lo tanto es incapaz de negarse. Ella misma, cuando es rescatada por Mina, habla del horror del encuentro. Aunque con más sutileza, la insistencia de Drácula ante Mina, que en un principio no muestra el más mínimo interés, hoy sería digna de un llamado a la policía.

Por otro lado, Mina, que en la película de Murnau era tan pero tan buena que le reprochaba a su marido que matara flores al cortarlas, en este caso también es profundamente inocente, pero un poco más realista: se muere de ganas de casarse con su prometido, más que nada por las experiencias sexuales que traerá la boda. Ella y Lucy parecen no poder pensar en otra cosa, lo cual es bastante comprensible considerando que son dos jovencitas de unos veinte años en un mundo que apenas les da permiso para besuquearse con sus pretendientes. La pureza, entonces, no depende de la castidad, sino de la bondad.

A pesar de la incómoda ambigüedad entra sexualidad y violencia que recorre toda la película, Drácula de Bram Stoker es la película que más se acerca a los gustos actuales por sus personajes complejos, su alternancia entre tensión y calma, y su tremendo atractivo visual.

Nosferatu reloaded o qué demonios estoy viendo

La película de Herzog hace constantes referencias a la versión de Murnau. El maquillaje de la protagonista remite al que solían usar las actrices de los años 20, los edificios son prácticamente idénticos, y hasta la presentación de la joven enamorada se hace con una escena de ella jugando con gatitos.

Estas semejanzas son, en primer lugar, un obligado reconocimiento al antecedente de Murnau: las películas son casi iguales, y sin las referencias evidentes, esto sería un plagio. Pero las verdaderas implicancias de estas similitudes se ven en la presentación del conde. A diferencia del vampiro elegante que Bela Lugosi había hecho popular desde la película de Tod Browning de 1931 y que había sido la regla durante todas esas décadas, Herzog retoma un vampiro horripilante, muy similar al de Murnau, encarnado por Klaus Kinski. Miren la diferencia.

Así, todas las escenas que incluyen al vampiro, en lugar de ser propiamente aterradoras se vuelven inquietantes. La escena en que el joven abogado se corta un dedo y el conde se adelanta a chuparle la sangre hoy da un poco de gracia. Pero al mismo tiempo, si es el tipo de la foto de la derecha el que te quiere chupar el dedo, muy cómodo no te vas a sentir.

De forma similar, hay varias escenas que parecen más propias de una comedia que de una película de terror. Por ejemplo, el abogado pide a un cochero que lo lleve al castillo o que al menos le alquile un caballo, pero el cochero, mientras cepilla a esos mismos caballos, le dice que no tiene ninguno. Incluso el momento en que el mal triunfa (lo siento, en esta película, el mal triunfa), lo hace con un saltito tan ridículo que no podemos tomarlo en serio.

Al mismo tiempo, esta es la única película de las tres que tiene momentos realmente aterradores para el espectador actual. Para empezar, sus primeras imágenes muestran momias, es decir, cadáveres reales. No sé ustedes, pero yo no acostumbro ver gente muerta, y este comienzo me resultó bastante perturbador. Además, a diferencia de lo que ocurre en la película de Coppola, las víctimas del vampiro no son sólo aquellos a quienes él mata directamente, sino también todos lo que mueren por la peste que él lleva consigo. Esto ya lo mencionamos en Murnau, pero en esta película se vuelve aún más inquietante. Las calles de la ciudad están plagadas de ataúdes porque no hay quien los entierre y los pocos sobrevivientes que quedan se dedican a comer y beber sabiendo que ya están enfermos y que van a morir. Entonces tenemos una situación muy apocalíptica, pero cuando finalmente Drácula muere y «las autoridades» intentan apresar al asesino, no saben cómo hacerlo, ya que no quedan jueces, ni carceleros, ni nadie que lo vigile. Entonces, ¿qué es esto? ¿Nuestra adorada protagonista acaba de inmolarse y la película me hace un chiste?

Creo que la versión de Herzog es la única que tiene hoy el mismo sentido que el momento en que fue estrenada porque sigue dejando al espectador en un lugar equívoco. Si con la versión de Coppola nos incomodaban ciertos sentidos contrapuestos, acá nada tiene un sentido indudable. No sabemos si frente al vampiro tenemos que reírnos o asustarnos, no sabemos si el abogado es bueno o malo, no sabemos si esto es una tragedia o una comedia y encima de todo nos niegan hasta el bendito final feliz. La historia de Drácula la conocemos todos, pero esta película nos da la oportunidad de tener una experiencia donde las respuestas no están dadas de antemano.

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