Aquellos años felices

Siempre las historias contadas a través de la mirada de un niño están cargadas de ternura y emoción. Belfast tiene el plus de rescatar como un tesoro preciado aquello que marcó a fuego a su director, Kenneth Branagh, y lo cristaliza en esta peli que roza lo autobiográfico.

Con un recorrido inicial por la Belfast actual, con su imponente arquitectura, sus puertos, sus castillos, la cámara y el cambio visual a blanco y negro nos transportan a 1969, a un barrio de clase trabajadora, de mujeres charlando en la puerta y chicos jugando en la calle. Son épocas muy complicadas en Irlanda del Norte, donde los conflictos entre protestantes y católicos son cada vez más violentos, en los comienzos de un período oscuro conocido como “the Troubles”. Buddy no tiene ni idea, pero cuando vuelve a tomar la merienda queda en medio del asedio de una turba y ahí comienza todo.

La extrema violencia que se vive hace que el vecindario de Buddy se cubra de alambres de púa y sea custodiado por el ejército. El contexto histórico está clarísimo, y va a determinar el curso de vida de los personajes de manera contundente. De todas formas, esto no opaca la alegría natural de Buddy, un niño de 11 años curioso, algo travieso y soñador. A él le interesa ser un gran jugador de fútbol, o más, casarse con su compañera de grado. Ni él ni su hermano mayor entienden bien lo que sucede afuera y tampoco dentro de casa, con una madre que hace lo que puede y un papá que va y viene de Londres por trabajo.

Branagh elige, inteligentemente, romantizar la situación familiar en un entorno complicado. La plata nunca sobra y la banda de protestantes violentos apretan a la familia para que se decidan por un lado o el otro. No es posible la convivencia en paz, ni la moderación. El reloj social y ecónomico los pone en jaque y deberán decidir qué hacer. Por suerte, Buddy tiene a sus abuelos muy presentes, y será a través de ellos que aprende a pensar sobre tantas cosas de la vida.

El tono costumbrista de la peli nos ofrece también una postal de época: la calle es un lugar de encuentro, no solo de disturbios; las familias celebran en la vereda, cantan y se cuentan chistes a pesar de todo. Sin embargo, esta sensación no llega a empalagarnos porque las constantes referencias genéricas marcan el pulso narrativo, con momentos musicales, románticos y hasta un singular duelo de western.

Es que, por supuesto, Branagh habla de su infancia y de la ineludible influencia que el cine y la tv tuvieron en él, y lo hace en un doble sentido. Por un lado, la salida al cine o al teatro con sus padres o su abuela son grandes momentos familiares y, curiosamente, la pantalla o el escenario es el lugar del color. En segundo término, muchas escenas se ven enmarcadas o divididas por puertas, ventanas o similares. Este efecto del cuadro dentro del cuadro nos vuelve a todos espectadores de este universo, incluyendo al director, y los personajes que complementan las escenas. Todos los estamos viendo, y ellos también se ven, en su propia historia.

La película fue ampliamente nominada y ganadora en muchos festivales, obtuvo el Oscar y el Globo de Oro como Mejor guion original y el BAFTA como mejor película británica. Tiene un elenco extraordinario y como corolario, la banda sonora despliega varios temas de Van Morrison, un legendario oriundo de esta bella y agitada ciudad.

Belfast habla de desarraigos, de duelos, pero observada casi centralmente desde el punto de vista de Buddy nos deja pivotear entre la alegría, la ternura o el asombro. Además, la fotografía sutil de los planos y los matices de los textos, embellecen cada momento iluminando ese pasado con nostalgia y amor. Como a todos nos hubiese gustado que sea el nuestro.

Belfast (2021)

  • Guión y dirección: Kenneth Branagh
  • Fotografía: Haris Zambarloukos
  • Música: Van Morrison
  • Con: Jude Hill, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciaran Hinds y otros.
  • Disponible en NETFLIX.

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