Darle cuerpo y alma a los protagonistas de Cien años de soledad es un desafío superlativo. Recrear Macondo desde sus inicios hasta su conformación como pueblo y brindarle identidad es aún más audaz y exigente. Los lectores ya conformamos en nuestro imaginario el rostro iracundo de Aureliano, las apariciones de Melquíades o los ojos perdidos de José Arcadio; no es fácil reemplazar esa fuerte impronta. Sin embargo, la nueva producción de Netflix, basada en la novela de Gabriel García Márquez, supera con creces esta concepción.
La potencia visual que despliega la serie está a la altura de la dinámica narrativa propia de la novela y desde ahí, todo es territorio ganado. La cautivante puesta en escena y la recreación de los ambientes y los estilos son pilares fundamentales que reemplazan la extensa carga textual. Asimismo, los diálogos -escasos en la serie, tanto como en el libro original- están justamente apuntados para reforzar situaciones de determinado dramatismo o para brindar información necesaria.

El relato se respeta en términos generales; es una tarea titánica abarcar tantos matices de un entramado familiar cíclico y con tantos detalles. Los personajes están todos presentes, con un mayor o menor desarrollo, porque son imprescindibles ramas de este árbol gigante, aunque se omiten ciertas circunstancias que no opacan el hilo narrativo porque son directamente desechadas. Sin embargo, el realismo mágico se presenta con pinceladas puntuales dentro de un ámbito cuyo foco está puesto en otro lado: las relaciones familiares.
El paso del tiempo está ingeniosamente condensado en planos secuencias o en contraplanos de una extraordinaria técnica cinematográfica. La maravillosa fotografía y los movimientos de cámara ayudan así al desarrollo de la narrativa; las coreografías actorales sin ninguna falla implican no sólo la sincronicidad de la acción actoral sino también el perfecto funcionamiento de la dirección.
El sexo ocupa un lugar -demasiado- preponderante en la historia, teniendo en cuenta que hay tanto para contar. Pero dado que no hay lugar para la metáfora visual, y en el libro mucho de lo que es sexo se describe en términos idílicos o poéticos, es entendible que tenga un espacio importante en cuanto a la reproducción de escenas picantes. Pero en este sentido, yo dudo que más cantidad es mejor que poco.

Las actuaciones son de otro nivel y conforman el otro bastión que otorga a esta producción una categoría excepcional. Si había alguna duda sobre si los intérpretes podrían ponerse en la piel de estos personajes tan icónicos, y ser creíbles y apasionados, el desafío está más que logrado. Marleyda Soto en su papel de Úrsula Iguarán adulta, toma una dimensión arrolladora. La actriz le otorga una fuerza y una convicción que la elevan hasta posicionarse en la férrea matriarca que sostiene a esta loca familia.
Podría seguir hablando mucho más de esta serie porque, como ven, es realmente fascinante. Pero les invito a que lo hagan ustedes mismos. Primero, les sugiero que lean el libro: la literatura es muchas veces más potente. Y luego, sean sencillos espectadores que pasean por esta versión de Macondo, reconstruyan con los Buendía su historia familiar, contada hasta la muerte de José Arcadio y la lluvia de flores amarillas. Mientras, esperemos la segunda parte para cerrar el círculo de esta historia que pareciera condenada a repetirse.

Cien años de soledad (2024)
- Guión: José Rivera, María Camila Arias, Camila Bruges, Albatros González, Natalia Santa.
- Dirección: Rodrigo García, Alex García López, Laura Mora Ortega.
- Fotografía: Paulo Pérez, María Sarasvati Herrera.
- Con: Diego Vásquez, Marleyda Soto, Claudio Cataño, Moreno Borja, Edgar Vittorino y otros.
- Disponible en NETFLIX.


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